Inclasificable
sábado, 25 de mayo de 2013
MO ntaña, te pusiste mi nombre.
Te dije, me dijiste, te encontré, me encontraste.
¿Me pregunto que harás ahora? ¿Cuales serán tu próximos pasos hacia ese lugar que pensaste?
Ya casi no tenés donde ir. Das vueltas cómo perro que sigue la cola.
¿Eso que seguís, eso que no encontrás? ¿Qué te pasa?
Tus imágenes que se parecen tanto a las mías, ya no nos pertenecen ni siquiera desde que nacieron.
Que me contaste, que te conte, que estabas buscando, y yo te buscaba.
Que novedad.
Ay laberinto dejame respirar, me estoy ahogando.
El aire no entra si no dejás un pequeño espacio para el intercambio, para la lucha, para que sobrevivamos.
Me parece haberte visto antes, haberte entendido. Y si de todas las maneras (casi todas inimaginables) no me hablabas, arrancaríamos hacia donde vos sabés que lo haríamos, si de ir; si no hubiésemos ido, y hubiésemos empezado de tan extraña manera.
Te sacás la piel, te sacaste los ojos, te tapás los oidos, nublas tu mente para no estar presente.
Pará, detenete, no digas nada de nada.
Solo grita.
No dejes de gritar.
Grita.
Solo una cosa, grita tu nombre.
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